MONT SAINT MICHEL, UNA LEYENDA HECHA REALIDAD

El Mont Saint Michel  es un islote rocoso donde se levanta una preciosa “Abadía”, construída en el año 708, conocido como “La Maravilla de Occidente” desde la Edad Media, figura en la lista del Patrimonio Mundial por la Unesco desde 1979 y es el tercer monumento religioso más visitado de Francia, detrás de la Torre Eiffel y Versalles, recibiendo más de tres millones de visitantes al año.

Un poquito de su Historia 
La historia del Mont Saint Michel se remonta a aquellos siglos en que allí no había más que una gran masa rocosa, centro de cultos druidas y habitada por tribus celtas, que se alzaba entre los límites de Normandía y Bretaña . Allá por el siglo IV se le llamaba  Monte Tumba, cuando el bosque de Scissy ocupaba toda la zona y el lugar ya era por aquel entonces un territorio de peregrinación y de ermitaños.

Cuenta la leyenda que San Auberto, obispo de Avranches, una ciudad cercana al Mont Saint Michel, recibió una noche la visita del Arcángel San Miguel, quien tocándole en la frente, le introdujo la idea de la construcción de una Abadía en aquel monte, dedicado a su nombre.

Corría el año 708 cuando se levantó aquel inmenso santuario sobre la roca, y en poco tiempo, a su alrededor se fueron estableciendo los peregrinos, conformando la actual ciudadela que la rodea.

En el S.X, los benedictinos se instalaron en la Abadía mientras que, más abajo, se desarrollaba la villa y,fue ya en el S.XIV  cuando dichas viviendas se extendieron hasta el pie del peñasco ocupando todo el monte.
Plaza fuerte inexpugnable durante la Guerra de los Cien Años (1337-1453), el Mont-Saint-Michel es también un ejemplo de arquitectura militar. Sus murallas y fortificaciones resistieron todos los ataques ingleses e hicieron del Monte un lugar simbólico de la identidad nacional francesa.

Pero Saint Michel, por ese carácter inconquistable,desde el siglo XV también se convertirá en el lugar perfecto para encerrar a los presos que purgaron sus penas encerrados en terribles jaulas medievales o en sórdidas mazmorras, hasta que en 1863 Napoleón III decidió el cierre  de “La Bastilla de los mares”.

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Aprovechando mi escapada por la Bretaña francesa y mi cercanía con Normandía, no podía dejar pasar la oportunidad de visitar el Mont Saint Michel. Tenía pensado acercarme por la tarde que es cuando ya se queda más tranquilo de afluencia de visitantes pero una familia con la coincidí en el hotel me comentó que iban esa mañana  y decidí irme con ellos. Así fue como conocí a Antonio y Mónica que junto con su bebé, Pablo, estaban haciendo un recorrido por Normandía y el norte de Francia.

Estuvimos un buen rato divagando sobre cómo llegar hasta allí y finalmente decidimos dejar el coche en el pueblo e ir andando,en lugar de llegar hasta el parking para coger el bus lanzadera que te deja a unos 400 mts.

Evidentemente esta opción es mucho más agotadora físicamente,pero tiene la ventaja que vas viendo el paisaje y el ir acercándote poco a poco resulta muy emocionante. 😯

Para los que no deseen hacerlo andando,  disponeis de un parking abierto hasta la 1h. de la madrugada (12 euros el día, gratuito a partir de las 19 horas.) y desde allí existen unos buses-lanzadera gratuitos que os acercan al Monte.

Para más información os dejo el enlace de la pág. con todos los detalles

http://www.bienvenueaumontsaintmichel.com/es

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Nunca olvidaré la sensación que me produjo cuando lo tuve delante de mí, de repente, todo el cansancio se esfumó y mirando a Antonio recuerdo que le dije con los ojos llorosos, que estaba emocionada.

Sin duda, no sólo era una maravilla arquitéctonica, sino un lugar misterioso y mágico que no está ni en el mar ni en la tierra, sino suspendido en el aire, rodeado de mareas, arenas movedizas y cielos cambiantes.

Estuvimos un buen rato haciendo fotos y contemplándolo, creo que fuimos conscientes que estábamos viviendo un momento “único”, de esos que quieres meter en el disco duro de la memoria para no olvidarlo nunca. Pudimos comprobar cómo siglos después de su construcción, el Mont Saint Michel conserva su magia intacta.

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Cuando se llega al pie del Monte se atraviesan tres puertas fortificadas, la Puerta del Antecuerpo, la Puerta del Bulevar y la Puerta del Rey. Entre la primera y la segunda existen bombardas inglesas recuperadas tras un ataque de estos en la Guerra de los Cien Años.

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Una vez que entramos se pueden elegir entre dos caminos para subir a la Abadía, la ronda de las murallas (espectacular por las vistas) o subiendo entre las casas de la villa,donde te encuentras restaurantes y tiendas de souvenirs, que siguen conservando ese encanto de villa medieval,yo fui alternando.

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Ni siquiera la gran afluencia de turistas que a diario lo abarrotan pueden arrancarle ese halo de misterio, ese magnetismo que desprende un lugar, como este, lleno de historia, donde los peregrinos llegaban después de hacer frente a innumerables peligros: mareas que subían y bajaban, arenas movedizas que se tragaban hombres y niebla que les desorientaba hasta perderlos en el mar.

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Os aconsejo ir con calzado cómodo porque toda la visita es cuesta arriba y por calles empedradas.

Un lugar curioso :

Justo a la entrada, me encuentro con este lugar más que famoso en Francia, La Mère Poulard,  es una casa histórica y tradicional , un establecimiento hotelero con encanto, galardonado con el sello Châteaux & Hôtels e inaugurado en 1888 por Annette Poulard, que llegó como sirvienta y acabó casándose con el panadero, Victor. Reciibían peregrinos a cualquier hora del día, con lo cual necesitaban  poder cocinar un plato rápido para paliar el hambre de los recién llegados, de esta forma se inventó una tortilla redonda cuyo secreto está en que los huevos se conservan a temperatura ambiente y en batirlos mucho, hasta dejarlos a punto de nieve. El resultado es un manjar que tiene una especie de bomba de aire en la parte superior y que sabe a mousse de huevo, ahora convertido en plato tradicional del lugar.

La tortilla de Madame Poulard es la más famosa de toda Francia, no en vano ahora te cuesta 35 euros degustarla en este restaurante.

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La subida a las murallas la encontraremos justo tras pasar la Puerta del Rey, subiremos a la Torre del Rey y de ahí seguiremos las murallas pasando por diferentes torres, Torre de la Libertad, Torre Baja y Torre Bouche hasta llegar a la Torre Norte, la más alta del recinto, que nos da acceso a la entrada de la Abadía. Durante todo el trayecto vamos disfrutando de unas vistas increíbles y aunque el destino es llegar a la cumbre coronada por la figura del arcángel Miguel, no hay que olvidar que en el Monte se encuentran otros puntos que son también de interés, como La Catedral de Notre-Dame-sous-Terre, la Iglesia Parroquial de San Pedro o la Capilla de Saint-Aubert, que nos vamos encontrando por el camino.

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Llegar arriba,contemplar las vistas, respirar ese aire aún cargado de magia druida y ver a tus piés esas murallas, esos jardines y toda esa gran mole arquitectónica cargada de historia, es un lujo que ni yo ni mi hijo (compi de viaje en esta ocasión) olvidaremos.

Estuve dudando un poco si entrar o no a la Abadía ya que había leído de algunos viajeros que no merecía mucho la pena, y finalmente no lo hice, me limité a pasear por el exterior.

Informaros que existen oficios diarios y en la puerta teneis los horarios según el día de la semana.

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El presidente Chirac permitió que la comunidad religiosa volviera a vivir aquí en el año 2001. Además de los religiosos, 10 personas en total que trabajan en la Abadía viven permanentemente dentro de las murallas. Uno de esos habitantes es una mujer que cuenta casi 100 años y que nació en el Monte.
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Tras un breve descanso, pusimos rumbo hacia abajo, y fue cuando me llamó la atención el denominado Osario de los Monjes, un carril que servía para subir el alimento a los presos  😯

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En el 709, un gran cataclismo hizo que el mar se adentrara en tierra e inundara toda la zona, dejando aislado el Mont Saint Michel. Desde entonces, el monte se ha convertido en una auténtica fortaleza, repitiéndose dos veces al dia este fenómeno,que deja a la ciudadela y su Abadía unida a tierra solamente por su carretera.

Dicen que es tal la velocidad a la que suben las mareas, que el agua atraparía con facilidad a un caballo al galope, por eso, con cada subida del mar, las campanas del Monte, avisan con suficiente antelación, pues se ha convertido en casi una tradición o una curiosidad turística, el observar esa subida del mar a ras de orilla.

Aprovechando que la marea aún no había subido,dimos un paseo por la parte baja, eso si, la tierra no estaba seca del todo y había que tener cuidado porque se hundían los piés.

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Y hasta aquí llegó mi visita al Mont Saint Michel.  Nos esperaba el bus lanzadera, que esta vez sí iba a tomar, aunque me quedaba otra vez un buen tramo andando desde la parada final hasta llegar al coche para dirigirme a Avranches, donde pasaría mi última noche en la que fue mi escapada por tierras normandas y bretonas.
“Castillo de hadas erigido en el mar, sombra gris que se alza sobre el cielo brumoso” El ocaso teñía de rojo la inmensidad de los arenales, teñía de rojo la desmesurada bahía; tan solo la abadía escarpada que surgía al fondo, alejada de la tierra como un caserón fantástico, sorprendente como un palacio de ensueño, increíblemente extraña y hermosa, permanecía casi negra a la luz del sol poniente.

Guy de Maupassant (1850-1893)

 

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